sábado, 11 de enero de 2014

El primer deber de cada día




Llega una nueva jornada. No hay apariencias. Somos lo que somos, lo que vemos, lo que experimentamos y palpamos. 

Debemos mirar con el corazón, procurando que las opciones tengan su hueco. La existencia, digamos lo que digamos, es lo que realizamos con ella. Cada segundo, cada hora, cada momento, es lo que desarrollamos, lo que fraguamos particularmente. Podemos convertir cada instante en eterno, en único, en pura superación, o dejar que transcurra como uno más, sin fuste ni mención.

Meditemos: trasladarnos a la emoción es una actitud que hemos de aderezar de contento, de consolidación de una felicidad que, aunque efímera, es nuestra razón de ser. Tomemos aire, y también tiempo para respirar en consonancia con la Naturaleza. La costumbre de ser joviales nos lleva a la espiritualidad más linda. Se cosecha lo que se planta, aunque a veces no lo tengamos presente. La propuesta de hoy es la que ha de funcionar siempre: amar.

Reza el título de la película que "amanece, que no es poco". Con esa apreciación entre milagrosa y romántica, no exactamente la del filme, nos hemos de poner en marcha en una especie de unión singular. Es una suerte no estar solos.

Nos debemos proponer vivir el instante y en la espontaneidad. No podemos hacerlo cada jornada, aunque deberíamos, pero en esta oportunidad vamos así. El alba tiene algo de mágico en ese sentido, y la queremos aprovechar. Debemos.

Tomemos una taza de café en el que hallemos un determinado sabor a la gloria de un pasado que hemos perpetuado en lo recurrente, pero que salpicamos en este presente con dosis esenciales de gratitud.

La esperanza es una elucubración que tiene visos tangibles en función de nuestra fortaleza. Nos levantamos con la convicción de tenerla: hemos descansado y el corazón y la mente se mueven al unísono. Es genial que así sea. El azar está a nuestro favor.  Lo agradecemos.

Nos colocaremos también los zapatos que nos permitirán viajar al "Mundo de Oz", donde reside el cariño. Para trasladarnos con ellos sólo hemos de desearlo de verdad. Por ende, ése es el primer deber del día: querernos.

Fecundemos las coyunturas que afrontemos cotidianamente de bondad, de amistad, de gozo por conocer y para ser conocidos. La belleza, como nos confesamos, la exprimimos al máximo cuando somos capaces de reconocerla, cuando bregamos por ella, cuando nos implicamos en su hallazgo, en su fomento. La hermosura es fruto del cariño. No olvidemos que su percepción es más subjetiva de lo que nos dicen los cánones de la moda. No todo es lo que se otea y cómo se divisa. Lo superficial se rompe y se destruye. El interior permanece. Por cierto, no confundamos deber con obligación. El deleite tiene mucho que ver con esa visión. Tenemos una cita maravillosa con 24 estupendas horas. 


Autor: Juan Tomás Frutas

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